Adivina en qué estoy pensando

Tengo pelo largo, caderas anchas, busto que resalta, cintura pequeña, piel delicada, me encanta cocinar y mi pasión es hacerme la difícil. ¿Quién soy?


Hoy en día existen varios estereotipos que abren paso a la crítica de ciertos grupos específicos: a los judíos se les acusa de avaros, a los mexicanos se les cataloga de flojos y criminales, a los musulmanes se les refiere como terroristas y a las mujeres… ¿de qué se les juzga realmente?


En la sociedad del siglo XXI, a las mujeres se les acusa de santas, complicadas, frágiles y sobre todo, de provocadoras. Se tiene una determinada perspectiva y tendencia a analizar a la mujer desde un punto de vista meramente carnal, donde su intelecto, habilidades o capacidades no son realmente reconocidas. De esta forma, se torna al sexo femenino en el sexo débil, pues los hombres, supuestamente, son aquellos capaces de manipular toda la materia que los rodea, incluyendo el cuerpo de la mujer.

Las calles de la actual metrópoli se han tornado en un mar abierto donde asechan peligrosos depredadores y la vestimenta femenina es considerada la carnada. Existe un pensamiento, un tanto retrógrada e impulsivo, el cual señala que si una mujer osa portar prendas catalogadas como “provocativas”, el hombre y su incontrolable prepotencia tienen el camino libre para asechar a su presa debido a que la carnada les parece atractiva.


Lo anterior, en mi opinión, es meramente ridículo y ofensivo. El que una mujer use ropa “provocativa” o que su aspecto físico se considere bello, no es excusa válida ni

justificada para creer que el hombre tiene el derecho de reaccionar ante ella. Si la mujer no expresa su consentimiento o interés ante el planteado por el ente masculino, aquel no tiene ningún argumento para posicionarse siquiera cerca de tal figura femenina.

Es entonces donde entra el argumento planteado por Marcela, un personaje dentro del libro Don Quijote de la Mancha. Dentro de este, se refleja evidentemente cómo Grisóstomo tenía cierta idea de que la poseía simplemente porque le parecía hermosa. La cuestión es que dicho pensamiento es totalmente erróneo. Marcela defiende su postura donde niega cualquier posibilidad o escenario donde ella le pertenece a cualquier persona que no es ella misma; dice que cualquier idea donde ella es vista como un objeto con dueño, no es más que una falacia.


Por otro lado, Marcela también plantea cómo ella nunca dio su aprobación ni expresó su consentimiento sobre un cariño recíproco al que Grisóstomo le declaraba constantemente. Esto, a mi parecer, significa que cualquier relación debe ser un acuerdo mutuo pues no porque el hombre decida que quiere estar con determinada mujer, se vuelve ley. La opinión y lo que la figura femenina busca y quiere con respecto a la figura masculina es de suma importancia para poder llevar a cabo una convivencia sana entre ambas personas.


Finalmente, creo que el discurso de Marcela es una firme expresión en contra de los ideales preestablecidos que se conocen referente a las mujeres. Posee un mensaje fuerte que marca en dónde entra la voluntad de la figura femenina dentro de una interacción con un hombre. Cada cual decide qué hace, con quién lo hace y cuándo lo hace. Absolutamente nadie tiene el poder o si quiera creer que tiene cierta autoridad para decidir por alguien más. La belleza de Marcela es evidente, pero es de ella y de nadie más; está en sus manos decidir lo que hará con tal atributo, no en las de Grisóstomo. Las mujeres no son objetos ni pertenencias, sino individuos con la capacidad de decidir sobre su persona.

“Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a él, ni solicito aquél; ni burlo con uno ni me entretengo con el otro: la conversación hone a de las zagalas de as aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene”

(Cervantes Saavedra, 76).


Nicole Mitrani

 Al final del día, de lo único que realmente somos dueños es de nosotros mismos

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